Todo comienza cuando salgo de facultad que por lo general no es antes de las ocho, ya entrada la tardecita o en plena noche. Como siempre camino las pocas cuadras que me separan de la parada y, mientras escucho algo de música, espero la llegada del bendito colectivo que me llevará a casa.
Ahí viene. Le hago seña, dejo pasar primero a la señora, subo, pongo pausa, pago boleto [o equivalente], pongo play y en un golpe de vista busco un asiento que cumpla con ciertos requisitos que me doy el lujo de exigir porque todavía estoy a pocas paradas del destino y el coche aún se encuentra bastante vacío. Contra la ventanilla para tener buena vista al mundo exterior. Del lado del guarda para poder ver de antemano quién va a subir, además la programación del sector derecho es harto mejor que la del lado izquierdo donde solo pasan autos y otros vehículos que se mueven a mayor velocidad que el que yo ocupo, en cambio de este otro lado se ven toda calase de escenas y situaciones urbanas que me distraen de un aburrido viaje. Me sentaré lo más al fondo posible para tener buena vista del coche completo y observar como los actores de esta película sobre ruedas se desplazan a lo largo del escenario. Por último, escogeré un asiento bien iluminado para facilitar la lectura, bajo un tubo de luz blanca si es posible. Todos estos requisitos excluyen los lugares del lado del chofer, el asiento de los bobos y todos lo que se encuentran más allá de la puerta del fondo. Si consigo uno de mis preciados asientos el trayecto será todo lo placentero que puede ser un viaje de una hora por las peores y más maltratadas calles de Montevideo. Si no lo obtengo de seguro tendré problemas con algún vejiga.
Últimamente ya van varias veces que me pasa lo mismo. Veinte, veinticinco, treinta minutos esperando un ómnibus que de seguro vendrá más lleno que de costumbre con todos “mis” lugares ocupados.
Estaba visto. Hace media hora que estoy acá clavado y acabo de subirme a un CUTCSA de los viejos, de esos con asientos anaranjados tan ergonómicos y saludables para mis zonas lumbares como un puff relleno de adoquines, además estoy del lado del chofer y en una de esas hileras de asientos individuales. Tal vez por la crisis energética o por alguna otra extraña razón el coche tiene solo la mitad de sus luces interiores encendidas, dejando el ambiente casi casi en penumbra. El lugar más iluminado que pude conseguir fue bajo un tubo de luz, a la distancia exacta para que la sombra de mi propia cabeza se proyecte sobre el libro. Por suerte una luz al otro lado del pasillo llega a iluminar las páginas y aunque las condiciones no son las óptimas puedo empezar con las primeras líneas sin mayores problemas.
Por lo visto hablé demasiado pronto, pues en cuestión de minutos, tras unas pocas paradas, el pasillo se ha tupido de personas que tapan la luz de enfrente y ensombrecen mi lectura. Dependiendo únicamente del tubo que tengo encima, ahora bamboleo mi cabeza hacia un lado esquivando mi propia sombra, a la vez que levanto el libro sobre mis hombros intentando encontrar una gota de luz.
Pero hasta el momento solo estoy narrando un mal viaje que poco tiene de anecdótico. Lo divertido viene luego de pasar la mitad del recorrido cuando de a poco el grueso del pasaje va descendiendo del ómnibus a medida que las paradas se suceden y mis esperanzas por recobrar la luz vecina aumentan. Pues si, los viajantes van abandonando el transporte y de a poco los fotones irán encontrando un trayecto sin cabezas o cuerpos que se interpongan en el camino hacia mi libro.
Ya falta menos- pienso hacia mis adentros, – bajan un par de personas más, se corren todos un pasito al fondo y listo el pollo, vuelve la luz
Pero… ¿que pasa? ¿por qué este señor no se corre?- ¿Todo el viaje refregándose en la montonera contra el resto de los pasajeros y ahora se le da por hacerse el fino y tomarse sus espacios? ¿y justo se tiene que quedar al lado mío? ¿y es tan necesario que ahora se acomode la bragueta? Que tipo vejiga!
Definitivamente estoy meado por los elefantes. El señorito tiene medio coche libre y allí se quedó estaqueado al lado mío como si yo fuera el próximo en bajarse y estuviera por cederle el asiento.
Ahora le suena el celular que tiene en el bolsillo del vaquero. En su desesperación por atender se revoleó para todos lados, me golpeó con su bolso, me piso la mochila y se le cayó el boleto en mi regazo. Mientras habla por teléfono una pareja deja libre un par de asientos unos metros más adelante, y hacia allí si dirige el hombre hablando en susurros y ocultando sus gestos como si de un espía se tratase.
Y ahora si, por segunda vez en el viaje estoy con todas las condiciones lumínicas satisfechas como para proseguir con mi lectura. Dos paradas después ya hay unos cuántos asientos libres y poca probabilidad de ascenso de nuevos pasajeros, ambos en cantidades necesarias para garantizar que nadie me estorbe en lo que queda del viaje.
Una parada después se abren las puertas delanteras para dar paso a un sujeto uniformado. Un policía. Pidió permiso al guarda y ¿adivinen donde se quedó parado?
22 Noviembre, 2008 a las 4:30 pm |
Muy entretenida tu crónica y relatada de manera excelente.