[Basado en hechos reales]
En uno de esos fines de febrero entre que terminás de digerir exámenes y vacaciones, tomando mate a la sombra de un eucalipto de la plaza de esas que solo quedan en los barrios periféricos, no recuerdo cuál de
todos puso en la mesa la idea de ir en la semana santa al festival del río Olimar.
Pisando los veinte siempre es de las mejores ideas mochilear con la barra por algún festival del interior. Muy aventurero. Muy liberal. Deja de ser buena idea o cuando pasas los veinticinco o cuando volvés.
A principios de marzo, el número de los mochileros ascendía a ocho. A principios de abril descendía a dos:
Isabel y yo. La salida había sido pactada para el domingo 9 de abril en la mañana, pues el 8 era el cumpleaños de nachito y no podíamos faltar. Un COPSA hasta Pando y desde allí nos encomendábamos al poder del pulgar en la carretera o las ganas que tuviera Isabel de mostrar la pierna a los choferes que viajaban con rumbo nordeste.
Sábado por la noche, me terminaba de vestir para ir a lo de Nacho cuando suena el teléfono de casa. Sonó una vez, sonó dos y cuando atendí ya sabía que eran malas noticias. Efectivamente, era Isabel que no iba al Festival.
-Tuve quilombo en casa. En lo de Nacho te cuento- me dijo.
Corté, saqué el cepillo de dientes de la mochila que ya estaba pronta, higienicé mis piezas dentales y me fui.
Entre chizitos y hamburguesas iban desapareciendo mis últimas ilusiones de que aquella noticia fuera joda y a la vez me convencía poco a poco de que lo más parecido al vino con frutilla que iba a probar era el tinto de 23.50 que venden abajo de casa cortado con tang.
El problema no era tener que pasar las vacaciones en casa, ni haber perdido horas coordinando un viaje que no se concretaría, lo peor era la frustración y lo humillante que resultaba ser el hecho de desarmar mi mochila sin haber viajado. Desatar la carpa y no encontrar hojas secas pegadas al fondo, sacar la bolsa de la ropa sucia sin ropa sucia, devolver el rollo de papel higiénico entero… Definitivamente no iba a soportar tal castigo. El Domingo por la tarde estaba tomando un ómnibus desde tres cruces hacia el departamento del arroz, los tacurúes y las escobas de paja. Cinco horas más tarde llegaba a la ciudad capital en medio de una agitada y calurosa noche. Con mi mochila en los hombros, sólo en un sitio que visitaba por primera vez, lo primero que hice fue llamar a Isabel a contarle -bo!, me vine, estoy acá.- hablé unos 5 minutos y emprendí la búsqueda del festival, que al fin y al cabo era mi objetivo.
Parado en una esquina céntrica de la ciudad tenía 4 direcciones posibles hacia donde caminar. -El río debe
estar hacia abajo- pensé, pues si hay algo que aprendí es que los fluidos más densos que el aire con generalidad tienden a desplazarse en sentido contrario a la aceleración gravitatoria, o sea hacia abajo. Así que tomé la calle con mayor pendiente y me dejé llevar por la bajada.
Como no podía ser de otra manera me equivoqué de dirección. Pedí indicaciones a las primeras personas que se me cruzaron que me dijeron algo del estilo
-seguí por esta hasta que veas un bar con un cartel rosado, ahí doblás a la izquierda. Son cuatro cuadras más o menos y llegás a una plaza que va a haber unos muchachos que van para ahí. Seguilos-
Caminé siguiendo las coordenadas al pié de la letra, vi el local del cartel rosado que más que bar era algo entre ciber y whiskeria, muy europeo. No quería demorarme para no perder a ese grupo de gente que tenía que seguir así que aceleré el paso tanto como el peso en mis hombros me lo permitía. Cuando llegué a la plaza lo que yo pensé que serían unos diez pibes yendo hacia el río, era un grupo de cerca de quinientas personas dispersos a lo largo de tres o cuatro cuadras de una amplia calle que caminaban en un mismo sentido. Por las dudas pregunté -¿para allá es el festival?- señalando hacia donde caminaba la gente. Tras respuesta afirmativa y cara de ‘sos boludo pibe’ que poco me importó, me despegué de los informantes y seguí mi camino rumbo al río. [Continuará...]