La escuela es ese horrible período entre el maravilloso jardín de infantes y la no tan preciada secundaria. Edad difícil si las hay, un escolar tiene los años justos en los que aún no puede decidir que ropa usar o que peinado lucir, pero sí está en edad de sentir la vergüenza por la ropa y el peinado que sus progenitores eligen para el. Son los años en que la tía gorda le pellizca los cachetes y él aún no se siente lo suficientemente fuerte para revelarse contra tan excesivo cariño, en los que la abuela se babea la mano para peinarle el jopo, en los que la madre le explica a sus amigos que fulanito no puede salir a jugar a la pelota porque tiene que hacer los deberes. En resumen, en edad escolar el niño es un desgraciado, un completo pelele. En la escuela la situación no cambia demasiado, por una u otra razón en algún momento le toca ser el hazmerreír de la clase, y no conforme con esto tiene que soportar que se burlen cada vez que se corta el pelo o cuando se le escapa y le dice mamá a la maestra. Pues entonces, será muy difícil que un individuo sufriendo todas estas maldiciones no sea la causa de muchos problemas, además de definirse como un ser muy molesto.
Si hay algo que se le olvidó a Varela1 es proponer el transporte escolar obligatorio para todos los niños que concurran a la escuela pública, laica, gratuita y lo otro también, porque siendo sinceros los escolares en el transporte colectivo público son un verdadero fastidio. Si usted tiene la desdicha de tener que abordar todos los días un colectivo cuyo recorrido pasa por las puertas de alguna escuela, de seguro tiene presente que debe evitar los horarios de entrada y especialmente los de salida de dicho recinto educativo, porque a la entrada las pequeñas fieras aún van algo dormidas, pero luego de clases salen hiperactivos, transpirados, sucios de témpera o pedregullo del recreo, sedientos de libertad y decididos a eliminar todo lo que se interponga en su camino con tal de llegar a su casa a ver cine beibi2 o el divertimento televisivo de turno.
Pero si usted es de los que necesariamente deberán viajar en esos horarios, sabe que desde el momento en
que asoma por la ventanilla y ve esa nube de guardapolvos blancos y moñas azules desatadas, esos uniformes que [poco] recuerdan al pabellón nacional amontonados y golpeándose por subir primeros, desde ese momento entiende que su viaje ya no será lo mismo.
Antes de que las puertas terminen de abrirse las pequeñas bestias ya comenzaron a subir y como pirañas con su presa empiezan a devorar cada espacio del colectivo. Cuando quiere acordar tiene un niño entre sus tobillos, otro dentro de su bolso y un tercero que saluda desde el interior de su oreja. Mientras unos suben los que ya están arriba intentan decidir, sin éxito, que lugar ocupar. Esto provocará un desplazamiento de la masa escolar hacia adelante y hacia el fondo buscando un lugar donde quepan todos sus amigos que en total son como 20. La montonera que se arma en la puerta entre los que suben y los que ya están arriba no tiene nombre. Para peor siempre hay uno que se olvidó de algo abajo o que tiene un amiguito que no se tomó ese ómnibus, entonces mientras un torrente de niños atraviesan las puertas del coche en un sentido, este otro se moverá en sentido contrario generando un completo caos. Todo esto sucede ante la mirada resignada del guarda que ya ni controla si alguno de los escolares lleva barba y bigote. En cuestión de segundos se han adueñado del coche y uno de ellos intenta convencer al chofer de cambar el recorrido para llegar tarde a la escuela. Durante todo el viaje seguirán hormigueando en todas direcciones arrastrando sus mochilas detrás suyo como si fueran anzuelos que enganchan todo lo que se encuentra en su camino.
La escuela es también ese período donde uno lleva a la clase todo aquel objeto nuevo o novedoso que tenga en su casa. Si tiene un juguete nuevo, lo lleva, si tiene un libro de Artigas3, lo lleva, si tiene una mascota, también la lleva. Y usted verá desfilar en el ómnibus a los niños con cualquier clase de porquería para mostrarle a la maestra. Y no me quiero olvidar que salvo raras ocasiones siempre hay un niño comiendo mandarina e inundando todo el bondi con aroma a citrus, y si no está comiendo fruta es una verdad comprobada que va a estar comiendo chizitos de queso que apestan a diablos o están armando un picnic dentro del coche con lo que les sobró de la merienda compartida, chizitos y mandarina incluido.
Por suerte este mal rato solo dura unos minutos pues dentro de las siguientes 5 paradas ya se habrán bajado todos los niños, y cuando se bajen … agarrate catalina! Se acuerdan que deben descender unos 3 metros antes de que el ómnibus llegue a la parada, o sea que en 20 segundos4 un grupo no menor a 10 escolares corrieron despavoridos llevándose por delante a cuánto pasajero haya en el trayecto hacia la puerta, tocaron el timbre para solicitar descenso montándose a caballito uno arriba de otro para poder alcanzar el botón, uno de ellos volvió hacia atrás porque se olvidó de la mochila, otro atravesó todo el pasillo para bajar por la otra puerta quién sabe por qué razón y finalmente bajaron. Respiramos aliviados.
_______________________________________________________
[1] José Pedro Varela, el padre de la escuela pública. Vaya uno a saber a
qué maestra se garchó para ser padre de semejante criatura.
[2] Cine baby, el divertimento televisivo de mi infancia. Dibujos animados
[3] José Gervasio Artigas, prócer de mi país. Ampliamente nombrado en las
escuelas.
[4] Si, en este país el transporte colectivo es así de lento.